El 21 de enero se celebró el día del mariachi, a pesar de la pandemia que hasta el momento suma 1.68 millones de contagios y más de 144 mil muertes por el virus en el país, el mariachi Víctor Sánchez López, grita esperanzado, “estamos vivos y a sus órdenes, la plaza de Garibaldi sigue viva”.

En este año se cumplieron diez años del día en el que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) declaró al mariachi como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Se esperaba una celebración con fiesta y alegría, pero fue recibida con un semáforo rojo y a los ciudadanos encerrados en sus hogares sin poder festejarla.

En los días antes de la pandemia, los mariachis estaban acostumbrados a visitar locales, calles y viviendas, alumbrando los eventos en donde eran contratados por sus cantares y sonidos rítmicos que alegraban a la gente, y más que eso, pagaban las cuentas. Ahora han tenido que sobrevivir las difíciles condiciones de la escasez de estos eventos, el cierre o restricciones de los restaurantes, así como la falta de turismo nacional e internacional.

El mariachi Víctor sigue la tradición que toda su familia de músicos ha mantenido por generaciones. Él decidió seguir los pasos de su padre a la edad de 15 años y la pasión por su arte lo ha mantenido por décadas en la mítica Plaza Garibaldi en la Ciudad de México. “Para poder ser mariachi se lleva a cabo un proceso muy largo en el que nunca terminamos de aprender, yo inicié a los 15 años, tengo 52 años aquí en la Plaza Garibaldi y en esos 52 años no he aprendido nada”, contó el músico entre risas.